Una soledad acompañada: cuidados trans, estudio y opacidad en los mundos carcelarios colombianos

Esta investigación indaga en el problema del cuidado de las personas trans en los mundos carcelarios colombianos, especialmente el papel del estudio como forma de cuidado. El cuidado es a menudo un escenario de contestación desordenada, de sospecha, resentimiento y silencio, junto con la generosidad, la compasión y la confianza. ¿Cómo actuamos cuando las realidades de los demás no son las nuestras, pero buscamos luchar por y con ellos a pesar de todo?

Laura está divina con un vestido corto negro con hombros y mangas acampanadas de encaje negro; su collar ancho suspende un diseño de círculos entrelazados sobre el esternón. Sus zapatos —botas de suela gruesa— son blancos, al igual que su reloj. Guardias con camuflaje azul la flanquean mientras desciende de la furgoneta de la prisión y entra en el cine. Portan armas largas. Ella lleva gafas.

Laura es la mujer trans con la condena de prisión más larga de América Latina: más de 50 años. Se le ha concedido un permiso especial para asistir al estreno nacional de un documental, Transfariana, sobre su relación con un líder de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), un hombre al que conoció mientras ambos estaban entre rejas. Sé por conversaciones anteriores con ella que se sentía profundamente en conflicto por asistir a este evento. Temía que el dolor de verse obligada a regresar a la prisión superara la liberación fugaz de estar en la sala de cine.

Pero al final aquí está. Sus amigas —mujeres trans anteriormente encarceladas que organizan el proyecto Cuerpos en Prisión, Mentes Activas— le traen el almuerzo a pesar de las protestas del personal del festival de cine. No se permite comida en la sala, claman, pero las compañeras de Laura no permitirán que pase hambre. Las comidas de la prisión son miserables; le compraron crepes, un postre, un batido de mango brillante. Pequeños obsequios antes de que las puertas de la prisión se cierren tras ella de nuevo.

El documental abarca un periodo de cinco años. En él, una Laura más joven expresa su decisión de representarse a sí misma en el proceso de apelación de su caso. “Yo fui la que vivió este calvario”, explica, resuelta. “Yo viví esta injusticia. La he sufrido en carne propia. Así que creo que soy la única que puede entenderlo. Lo que es importante para mí. Soy yo quien lo entiende. Quizás ciertas personas se sientan heridas emocionalmente por lo que estoy diciendo, pero se acabó. Yo soy la que está aquí dentro”.

Tras la proyección, sin embargo, mientras habla en un panel, se ríe de sí misma. “Ver cómo era yo en aquel entonces me hace reconocer cómo nunca dejamos de cambiar, cómo somos seres en permanente evolución”. Continuó: “Creo que la soledad es parte de la existencia de todos… incluso cuando sabes que tienes gente que te quiere, sigues sintiendo una profunda soledad, porque lo que has pasado, el sufrimiento que conllevan las experiencias que marcan nuestras vidas, solo nosotros podemos sentirlo… Puedes expresarte, puedes buscar las palabras para nombrar tu dolor, pero nadie lo entenderá… Sin embargo, a pesar de sentir esta enorme soledad, adoro saber que estoy rodeada de personas que me apoyan, que me sostienen cuando no tengo fuerzas para estar en pie. Verdaderamente, estoy aprendiendo —sabiendo— que la soledad es acompañada”. Mientras hablaba, el teatro a oscuras resonaba con gritos de afirmación: “¡Te amamos Laura!” “¡Te queremos Laura!”

Este capítulo de tesis en curso surge de las contradicciones que Laura articula, entre la soledad y el acompañamiento, el amor y lo incognoscible, la singularidad y la comunidad. Me centro en el problema del cuidado de las personas trans en los mundos carcelarios colombianos, especialmente el papel del estudio como cuidado, o como su inverso, como traición o extracción. ¿Cómo actuamos cuando las realidades de los demás no son las nuestras, pero buscamos luchar por y con ellos a pesar de todo?

Escribo “mundos” carcelarios porque las tecnologías y ramificaciones del encarcelamiento exceden los muros de la prisión, de manera aguda para las personas trans. El “problema” es que no resulta transparente qué tipo de cuidados necesitan las personas trans criminalizadas, quién es apto para proporcionar esos cuidados o cómo debe evaluarse la eficacia de este cuidado. Considero dos facetas de este problema. La primera tiene que ver con la producción de conocimiento sobre las experiencias trans con el sistema de justicia. ¿Quién debe contar las historias trans y cómo? ¿Qué historias deben contarse y qué historias se cuentan demasiado? ¿Qué deberían recibir las personas trans a cambio de sus testimonios? La segunda tiene que ver con el cuidado en el sentido de mantener vivas a las personas trans en el aquí y ahora, abordando las necesidades y vulnerabilidades inmediatas. Y más que la supervivencia: preguntando, como hace el historiador Hil Malatino, “¿qué prácticas de cuidado podrían asegurar el florecimiento trans?”. (Una conclusión obvia que puedo afirmar aquí: la prisión es el anatema del florecimiento trans).

En mis encuentros en los mundos carcelarios colombianos, el cuidado era a menudo un escenario de contestación desordenada, de sospecha, resentimiento y silencio, junto con la generosidad, la compasión y la confianza. Las personas trans dentro y fuera de la prisión han sido sometidas a estructuras de atención vigilante que se presentan como preocupación pero que resultan, en expresión de Malatino, en “formas de hipervisibilidad que nos desgastan [a las personas trans], que cultivan la hiperalerta y la ansiedad”.

Los estudios académicos y legales sobre las personas trans han sido cómplices de estos procesos. Como parte de mi investigación doctoral, me asocié con una clínica de una facultad de derecho de élite colombiana para un proyecto de investigación sobre las experiencias trans con la policía, los tribunales y las prisiones. Esperábamos generar conocimiento que pudiera mejorar las vidas trans. Laura y otros vieron este esfuerzo de manera diferente, como una recapitulación de procesos extractivos, de una toma desalmada sin una entrega recíproca. ¿De qué sirve estudiarnos?, preguntaron. Ya hemos sido estudiados antes, hasta la saciedad, sin que ello haya hecho la vida más fluida o fácil, sin que haya cambiado las desigualdades y exclusiones estructurales. ¿Qué más pueden ofrecer? La mayoría de las personas trans a las que se acercó el proyecto declinaron colaborar.

En mi trabajo más extenso, considero estos (des)encuentros a través del diálogo con teorías de la opacidad, el rechazo, la fugitividad y la quietud. Los estudios negros y los estudios nativos ofrecen términos clave para reconocer cómo las personas trans expresan su insatisfacción con las posiciones que les ofrecen los proyectos de investigación normativos, incluso cuando esos proyectos tienen buenas intenciones y abordan necesidades urgentes.

Porque la urgencia es real: el contexto de esta investigación es que en Colombia, a pesar de que los movimientos sociales han logrado cambios en la ley, las personas trans criminalizadas siguen careciendo de cuidados. Las respuestas estatales a las necesidades de las personas trans se realizan de manera desigual, son inadecuadas y, en la mejor de las situaciones, impersonales y distanciadas, alineadas con lo que la antropóloga Lisa Stevenson denomina “cuidado anónimo”. Laura y otras personas como ella viven en situaciones de precariedad y peligro. La pregunta sigue siendo qué hacer, cómo luchar por algo parecido a la justicia. Este trabajo en curso rastrea cómo las personas trans colombianas y los actores acompañantes han salido adelante en este callejón sin salida, aprendiendo y tropezando por el camino.

Todas las fotografías publicadas en este artículo han sido tomadas por el autor, Bogotá, 2023

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