¿Para qué sirve la economía, en realidad?

A veces resulta difícil ver más allá del todopoderoso dólar. Es necesario detenerse y preguntarse cuál es el propósito de la economía, en última instancia. Esta cuestión constituye el eje central de una campaña organizada por los cineastas John de Graaf y Laura Pacheco, surgida como una derivación del Forum on Social Wealth, descrito en mi entrada anterior.

La campaña se inició con gran ímpetu el pasado verano mediante unas sesiones extraordinarias en el Green Festival de Washington D. C. y, en la actualidad, se encuentra en fase de recaudación de fondos y desarrollo de un vídeo; cabe esperar que sea tan exitoso como su última obra maestra, The Motherhood Manifesto. Entretanto, el Center for Communication and Civic Engagement de la Universidad de Washington ha publicado varias presentaciones de PowerPoint de gran utilidad en www.citizeneconomy.org.

Recientemente he visionado dos breves animaciones en línea sobre temáticas económicas. La primera es una deliciosa crítica en dibujos animados al consumismo y al capitalismo titulada The Story of Stuff, que se ha vuelto viral recientemente. La segunda es Life and Music, una reflexión más breve y fantasiosa sobre el carrerismo, con ilustraciones de Trey Parker, célebre por South Park, que acompañan las palabras del filósofo Alan Watts.

En el otro extremo del espectro de géneros, los economistas académicos están prestando una mayor atención a los indicadores de felicidad declarada, los cuales no están tan estrechamente vinculados a la riqueza y a los ingresos como se había supuesto tradicionalmente.

Además, existe un interés creciente por la contribución del trabajo familiar y comunitario (la crianza de los hijos, el cuidado de los mayores, el voluntariado) a nuestro nivel de vida colectivo. Dado que en la actualidad muchos países, incluido EE. UU., recopilan datos sobre el uso del tiempo de la población, resulta posible cuantificar la importancia relativa de esta labor.

Esta semana he estado trabajando intensamente en un ensayo para una obra de próxima aparición titulada The Oxford Handbook of Economic Inequality, en el que explico por qué los indicadores de desigualdad basados en los ingresos o en el consumo son incompletos, puesto que no toman en consideración el valor del trabajo familiar ni el valor del ocio.

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