Muros de cristal y capital financiero

El libro de acceso abierto de Alicia Girón, Economía de la vida, ofrece una perspectiva comparada sobre las formas en que el capitalismo financiarizado ha configurado la economía de los cuidados.

Esta entrada forma parte de lo que anticipamos (en la medida en que hoy en día podemos anticipar algo con cierta certeza) que será una breve serie sobre publicaciones que no recibieron la atención que merecían debido a que aparecieron durante el confinamiento por la covid, cuando muchas personas se encontraban, en fin, abrumadas por las labores de cuidados.

El libro electrónico de acceso abierto de Alicia Girón, Economía de la vida: Feminismo, reproducción social y financiarización (CLACSO, 2021), comienza y termina señalando que el grupo de protesta feminista chileno Las Tesis, en su ya famoso himno “El violador eres tú”, señala con el dedo colectivo al Estado. “No es solo una metáfora cuando el grupo Las Tesis nombra al Estado como violador”, explica Girón. “La violencia contra las mujeres, tanto económica como física, está vinculada a la ausencia de políticas públicas con enfoque de género” (235). En los capítulos que componen este volumen, Girón nos ofrece el contexto de las políticas públicas para la implacable violencia de género analizada por autoras como Sayak Valencia y Kate Manne.

A excepción de la introducción y la conclusión, los capítulos aquí recopilados fueron escritos antes de la pandemia y ligeramente actualizados para este volumen. Así pues, el momento coyuntural principal en la mayoría de estos ensayos no es la covid-19, sino la crisis financiera mundial de 2008. Esta orientación permite a Girón demostrar que la mayoría de los problemas que la pandemia puso de relieve tenían sus raíces en las políticas de las décadas precedentes.

En un lenguaje accesible y libre de jerga, los ensayos aquí recopilados tienden un puente entre la producción académica anglófona e hispanófona, así como entre las intervenciones en la teoría feminista crítica y los informes de desarrollo de la ONU. Aunque estos capítulos se centran principalmente en los efectos de las políticas en México y América Latina, Girón considera datos de todo el mundo para argumentar el impacto de diversas políticas en la mitigación de problemas como las inequidades salariales y la distribución del trabajo doméstico. Algunas cuestiones, como los efectos de la migración y la economía de las remesas, se analizan aquí de manera muy útil desde la perspectiva de las propias personas migrantes.

Girón presta especial atención a las promesas surgidas del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985) y a las diversas iteraciones de los objetivos de desarrollo de la ONU, en concreto el objetivo de “igualdad de género y empoderamiento de las mujeres”. A modo de crítica inmanente, esgrime los objetivos declarados por la ONU —y, por tanto, por los Estados miembros de la ONU— para ofrecer recordatorios persistentes de los propios compromisos de los Estados con la promoción de la igualdad de género.

De gran relevancia para los lectores de Care Talk, Girón vuelve constantemente a las formas en que la mala distribución y la infravaloración del trabajo de cuidados no reflejan ni las curvas de precios microeconómicas ni las métricas macroeconómicas como el PIB, sino más bien las estructuras, instituciones y procesos mesoeconómicos que median las relaciones económicas. Citando a Susan Himmelweit, Girón aboga por una mayor atención a prácticas como los presupuestos con perspectiva de género y por considerar las implicaciones de género de las políticas macroeconómicas. Asimismo, señala las formas en que las mujeres se enfrentan no solo a techos de cristal, sino también a muros de cristal, o lo que Nancy Folbre ha descrito como una penalización por cuidados, en la que el sector de los cuidados remunerados es sistemáticamente infravalorado (207).

Un ejemplo al que Girón recurre varias veces a lo largo del libro es el del microcrédito. La idea de proporcionar préstamos pequeños y de fácil obtención a las mujeres surgió de un proyecto feminista en la década de 1970 para abordar el hecho de que las mujeres a menudo carecían de los activos que pudieran servir como garantía incluso para préstamos pequeños destinados a iniciar sus propios negocios. En una época en la que las leyes de covertura (incluso en Estados Unidos) seguían impidiendo que las mujeres casadas tuvieran acceso al crédito, proporcionar a las mujeres una vía para la autonomía financiera dentro de sus hogares era un objetivo feminista fundamental.

Sin embargo, en el momento en que Girón escribía estos ensayos, las posibilidades liberadoras del microcrédito para mujeres habían dado paso a las prácticas usurarias del capitalismo financiero. Como explica Alba Carosio en su prólogo, el microcrédito creó un “falso discurso de emancipación y empoderamiento, con la ilusión de que las mujeres pobres se convertirían en ‘emprendedoras’. […] Esta base no proporciona la infraestructura necesaria para los servicios que requieren las comunidades. Los microcréditos no promueven sistemas de energía o agua, ni servicios de salud y educación” (14-15).

Como detalla Girón, “las mujeres son las candidatas a los microcréditos porque es la forma más fácil de incluirlas en los circuitos del mercado laboral, así como en los circuitos financieros, debido a su alto grado de compromiso con sus familias y su trabajo” (105). Los programas de microcrédito integraron a las mujeres en el sistema bancario, las capacitaron para desarrollar planes de negocios basados en la maximización de la eficiencia y el retorno de la inversión, y prometieron una forma de “desarrollo desde abajo” que se despojaba de los impulsos paternalistas de los esquemas de desarrollo de mediados de siglo. Sin embargo, basándose en datos de MIX Market proporcionados por el Banco Mundial, Girón reúne amplias evidencias sobre las formas en que las microfinanzas, cuando son asumidas por el sector financiero en busca de rentas, imponen tasas de interés extraordinariamente altas. En México, entre 2005 y 2006, por ejemplo, las tasas oscilaban entre el 23 % y el 103 % en promedio (123).

Esta atención sostenida a las cuestiones financieras —que incluyen no solo el microcrédito, sino también las políticas monetarias y fiscales— explica el contexto en el que las mujeres de muchas partes del mundo se encuentran realizando una “triple jornada” de trabajo en las economías formal e informal, así como las labores de cuidados realizadas para sus hogares y comunidades (23). Ninguno de los bienintencionados objetivos de desarrollo de la ONU, nos recuerda Girón, puede alcanzarse sin prestar atención a las políticas públicas que estructuran el panorama de posibilidades.

Otros capítulos se centran en las políticas que Girón considera particularmente críticas para cerrar lo que el Foro Económico Mundial ha denominado la brecha global de género. Estas se centran principalmente en una constelación familiar de medidas que permitirían a las mujeres aprovechar mejor las oportunidades educativas y laborales al aliviarlas de la triple jornada: cuidado infantil asequible, disponible y de alta calidad; generosos permisos de maternidad y paternidad remunerados; instalaciones de lactancia en el lugar de trabajo, etc. Tales políticas, enfatiza Girón, requieren fortalecer los estados de bienestar, restaurar los bancos centrales como prestamistas de última instancia y desvincular la economía de los cuidados del capitalismo financiarizado.

Girón mantiene su enfoque claramente en el género y en los datos específicos sobre las diferencias de sexo. En la medida en que alude a otras formas de desigualdad, es principalmente para indicar que siguen los mismos patrones. Cuando distingue entre mujeres con distintos grados de riesgo económico (226), es para revelar las diferencias geográficas entre los impactos de la pandemia.

Girón nos remite a la propagación viral de las protestas de Las Tesis para recordar a los lectores que ha surgido una nueva ola de activismo feminista para desafiar las amenazas imbricadas de la violencia de género y la devaluación de la reproducción social. Las mareas verde y morada que han inundado América Latina, exigiendo justicia reproductiva y el fin de la violencia de género, incluyen huelgas y manifestaciones masivas cada 8 de marzo para destacar el valor del trabajo remunerado y no remunerado de las mujeres.

Crédito de la imagen: Carlos Figueroa Rojas
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