Cultivar la incertidumbre: cómo los retiros de recuperación fomentan comunidades de cuidado en el Japón posterior a la fusión del núcleo
Los retiros de recuperación que han surgido tras el desastre nuclear de Fukushima Daiichi en Japón constituyen un poderoso ejemplo de cómo las prácticas experimentales de cuidado fomentan comunidades transformadoras en medio de una incertidumbre persistente.
En un soleado día de verano de 2018, cuarenta niños y veinte progenitores de Fukushima se reunieron en un antiguo edificio escolar para un retiro de cinco días organizado por Twinkle Retreat, un grupo de madres de niños con discapacidad de Tokio. El día comenzó con voluntarios sirviendo apresuradamente las comidas bajo el cálido sol: pescado a la parrilla, sopa de miso, ensalada de patata, rábano encurtido y bolas de arroz hechas con ingredientes del oeste de Japón. Tras terminar de comer, los niños salieron disparados, entusiasmados, con sus bañadores y redes de pesca para una aventura de todo el día en el arroyo. La señora Mita, una voluntaria experimentada de unos cincuenta años, gritó mi nombre y, al poco, se me encargó cuidar de Riku, un tímido niño de cuatro años de la ciudad de Iwaki en su primer retiro. Como muchos otros niños que se criaron en zonas afectadas por la precipitación radiactiva, Riku nunca había metido siquiera un dedo del pie en el agua. Por eso sus padres lo llevaron al retiro: para disfrutar de momentos despreocupados en la naturaleza, lejos de sus entornos domésticos cargados de riesgo.
El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9 desencadenó un tsunami y fusiones del núcleo en la central nuclear de Fukushima Daiichi, en el noreste de Japón, lo que dio lugar a una dispersión a gran escala de materiales radiactivos en el este de Japón. En respuesta a la precipitación radiactiva, el Gobierno japonés relajó las normas de protección radiológica al permitir niveles de riesgo en el aire veinte veces superiores en las zonas afectadas por el desastre. Esta medida se justificó como necesaria para minimizar los costes sociales de la recuperación posterior al desastre, dejando la gestión de los riesgos inciertos de la radiación en manos de los individuos. Dado que se sabe que los niños son la población biológicamente más vulnerable a la exposición a largo plazo debido a su división celular más rápida, muchas familias con hijos en Fukushima se han visto forzadas a una situación en la que deben navegar las incertidumbres de la radiación.
Los retiros de hoyō (保養, “recuperación”) surgieron en estas circunstancias como una iniciativa cívica para ofrecer un santuario a niños como Riku. Se inspiran en la Ucrania y Bielorrusia posteriores a Chernóbil, donde los niños que vivían en zonas contaminadas eran enviados regularmente a centros de rehabilitación financiados por el Estado en áreas de menor riesgo. La recuperación, en este contexto, proporciona una forma futurista de reparación colectiva al aliviar el daño causado por el desastre nuclear en los cuerpos en crecimiento de los niños, lo cual está incrustado en los imaginarios nacionales del cuerpo político. En Japón, ante la ausencia de apoyo gubernamental a largo plazo para los niños en situación de riesgo, la recuperación ha sido asumida en gran medida por esfuerzos de base, especialmente por voluntarias —no residentes de Fukushima— de entre 40 y 70 años, como la señora Mita.
Impulsados inicialmente como una respuesta de emergencia para compensar la insuficiencia de la respuesta estatal al desastre, los retiros sobrevivieron al impulso de la crisis pese al descenso del interés público y de las donaciones, transformándose en algo más que un mero escapismo. Por lo general, en forma de programas de acampada al aire libre, estos retiros buscan fomentar efectos duraderos de “relajación”, “desintoxicación” y “renovación” en los cuerpos de los niños de Fukushima, proporcionándoles una “experiencia de naturaleza” fuera de sus entornos domésticos irradiados. Según una encuesta de 2016, más de 9.000 niños eran sacados anualmente de Fukushima a través de estos retiros.
Entre 2017 y 2019, participé en 23 retiros como personal voluntario in situ y asistí a debates generales sobre el hoyō en reuniones de voluntarios, conferencias públicas, el edificio de los miembros del Congreso y reportajes de los medios. Aunque el hoyō se debatía constantemente en términos de su eficacia política o médica —si puede institucionalizarse como una política o un régimen de tratamiento—, constaté que no era exactamente así como los propios participantes comprendían el valor de los retiros. De hecho, una evaluación del hoyō centrada en la eficacia podría subestimar la incertidumbre misma que impulsa a la gente a organizar y acudir a los retiros. A partir de estas observaciones, mi investigación —que estudia de manera amplia las relaciones entre cuidado, incertidumbre y política, poniendo en primer plano a las familias con hijos de Fukushima— examina el hoyō como un poderoso ejemplo de cuidado socioecológico que navega creativamente las incertidumbres prolongadas del riesgo nuclear.
Mundos borantia
En 2019, me encontraba en un centro ciudadano de voluntariado para asistir a un evento de creación de redes de organizadores de hoyō del área metropolitana de Tokio. Una mujer de unos setenta años, la señora Iwamoto, se levantó para presentarse:
Buenas tardes a todos, soy Iwamoto Chizuru. Soy residente del distrito de Suginami y he estado trabajando como borantia desde el desastre nuclear. Antes de jubilarme, trabajé como profesora durante mucho tiempo. No tengo ninguna conexión personal con Fukushima. Me da vergüenza decirlo, pero antes del desastre nunca había pensado en los reactores nucleares ni había visitado Tōhoku [noreste de Japón]. Pero, cuando ocurrió el desastre, no podía dormir al pensar en los niños que vivían allí. Quería hacer algo por ellos. Entonces asistí a un evento sobre el desastre de Chernóbil y aprendí sobre el hoyō, que había personas en Japón que han estado haciendo esto por los niños de Chernóbil desde la década de 1990. “Esto es algo que puedo hacer”, pensé. Mi grupo ha estado organizando retiros cada verano desde 2012. En los últimos ocho años conocí a muchos niños y a sus padres, lo cual me abrió los ojos a algo. […] Como todos sabemos, nada parece haberse resuelto desde el desastre. El Gobierno sigue negando la realidad, y las familias de Fukushima necesitan nuestra ayuda. Me alegra conocerles a todos hoy, y espero aprender de sus experiencias. Gracias.
Los voluntarios de hoyō que he conocido tenían trayectorias tan diversas como los lugares en los que organizaban su propio estilo de retiros. Por ejemplo, los siete grupos que organizaron los retiros en los que participé fueron: una ONG medioambiental, una pareja de jubilados de edad avanzada, un grupo de madres amigas locales (mamatomo), padres de niños con discapacidad, practicantes de medicina alternativa, etc. Pese a esta heterogeneidad, también presentaban llamativas similitudes que resuenan con la autopresentación de la señora Iwamoto; todos empleaban la categoría de borantia (“voluntario”) para explicar su compromiso con el hoyō; las mujeres asumían el liderazgo principal en la gestión y la obtención de recursos para los retiros (recurriendo a conexiones personales, donaciones informales, eventos de bazar y recursos turísticos); y todas estas mujeres habían pasado décadas en algún tipo de trabajo de cuidados remunerado o no remunerado —como amas de casa, vigilancia vecinal o profesionales del cuidado en escuelas, residencias y pequeños negocios—.
Estas personas describían invariablemente el desastre nuclear como una llamada de atención en su adultez tardía, una vocación para ayudar a los “niños de Fukushima”, cuya situación reflejaba las injusticias no resueltas de la sociedad japonesa. Y es a través de la categoría de borantia como estaban lidiando con su lugar en el Japón posterior a la precipitación radiactiva. Esto resulta intrigante, dado que el origen de la subjetividad voluntaria en Japón suele rastrearse hasta la década de 1970, cuando el Estado impulsó activamente la mejora de la seguridad, la higiene y la moral en barrios suburbanos entonces en rápida expansión, al alistar el trabajo de los propios residentes, especialmente de las amas de casa. Borantia, en este sentido, remite a una forma de subjetividad histórica cuyo trabajo voluntario fue cooptado por el Estado para promover su propia agenda.
Sin embargo, el trabajo voluntario no necesariamente se ajusta siempre a las agendas estatales. Los organizadores de hoyō como la señora Iwamoto (y muchos otros), de hecho, reutilizaron la categoría de borantia como una identidad pública para impugnar la postura del Gobierno sobre la contaminación y la exposición nucleares, promoviendo la “recuperación” como una necesidad que exige respuestas públicas. Estas reivindicaciones de defensa suscitaron debates en distintos espacios durante mi investigación. Algunas personas —no necesariamente los propios practicantes de hoyō — se mostraban preocupadas por que reconocer la recuperación como una necesidad pública pudiera contradecir el aval del Gobierno a un riesgo científicamente “tolerable”.
Dicho esto, en la práctica, desempeñar la subjetividad borantia se relacionaba menos con la colaboración Estado-sociedad y más con cuestiones pragmáticas sobre cómo construir relaciones cara a cara con las familias de Fukushima —es decir, cómo trabajar a través de las diferencias—. Tanto en los retiros como en los eventos de promoción dentro de Fukushima, los organizadores se posicionaban cuidadosamente como borantia. Esto ayudaba a despejar el terreno y a enmarcar los retiros como una esfera cuasi pública de cuidado social en la que las familias locales y los voluntarios no locales podían colaborar por el bien de los niños como iguales, pese a las diferencias reales en sus experiencias y perspectivas respecto del desastre nuclear. Cuando la necesidad de recuperación sigue siendo objeto de disputa también en la política local, aunque por razones distintas (debido a preocupaciones sobre su posible impacto en la reconstrucción regional), estas nuevas formas de componer relaciones crean un espacio para que las familias naveguen las incertidumbres cotidianas mediante esfuerzos coalicionales de recuperación, evitando al mismo tiempo la estigmatización o el aislamiento en sus comunidades.
Convivencia encarnada
Los retiros de recuperación brindan a los niños de Fukushima oportunidades para interactuar con la naturaleza fuera de sus entornos domésticos. Denominados simplemente “experiencia de naturaleza” (shizen taiken), estos encuentros a menudo conducen a cambios positivos en los niños, tanto física como socialmente. En un retiro típico, salíamos por la mañana para hacer una caminata por un bosque cercano. Algunos días íbamos de picnic a un parque, y otros días hacíamos guerras de agua, cazábamos libélulas o hacíamos pompas de jabón. Estas interacciones aparentemente mundanas, o “contacto” (fureai), con el entorno se vivían como momentos extraordinarios tanto para los padres como para los niños, porque muchos de ellos habían experimentado una ansiedad intensa hacia sus entornos domésticos.
Una niña de diez años que conocí padecía anorexia y empezó a comer mejor después de acudir a retiros durante más de un año. Su madre —que luchaba con un sentimiento de culpa por la situación de su hija— dijo que comer con muchas personas diferentes en muchos lugares distintos podría haber ayudado a la niña a superar el miedo y a ver cómo comer podía ser una experiencia “agradable” (tanoshii). Los relatos sobre niños que nunca habían tocado el agua, la tierra y los árboles fuera de casa eran tan comunes en los retiros como los relatos sobre cómo habían cambiado mediante esfuerzos repetidos de recuperación.
Aunque los retiros estaban pensados para cuidar a los niños, también fomentaban conexiones entre otros participantes. Al compartir comidas, habitaciones y actividades durante días y semanas, las personas se conocían de manera más íntima, aunque fuera por unos días o semanas, y aprendían sobre las dificultades de los demás en sus respectivos barrios. En este entorno casi ritual, incluso las tareas mundanas tenían el potencial de redescubrirse como una fuente de estar con otros.
Por ejemplo, hacer la colada juntas era un tema de conversación frecuente entre las madres, que a menudo unía a las personas de maneras inesperadas. En Japón es habitual tender la ropa al aire libre, a la luz del sol, pero muchas madres dejaron de hacerlo tras el desastre. En un retiro, nosotros —cuatro voluntarios, incluyéndome a mí— invitamos a diez familias. Cada día, treinta niños dejaban en el suelo un montón de ropa sucia después de hacer senderismo, nadar y correr al aire libre. Nos lamentábamos y nos maravillábamos ante las “montañas de colada” (yama no yō ni) que creaban y ante las energías aparentemente inagotables de los niños. Para algunas madres, lavar y tender la ropa fuera, juntas, les devolvió una sensación de alegría que habían olvidado hacía mucho. Como me dijo una madre, también le dio una sensación de alivio (hotto suru) que, en sus palabras, “no estoy sola, y no estaba equivocada” (watshi dake janain da machigatte nakattan da).
Resguardadas juntas durante días (o semanas, aunque esto era raro), las personas compartían rituales cotidianos como comer, limpiar, cocinar y jugar. Esto a menudo difuminaba las fronteras entre los participantes y, en algunas ocasiones, las personas desarrollaban formas de advertir las necesidades específicas de los demás a través de gestos. Para ampliar el ejemplo de la colada, padres, voluntarios y niños participaron al final en mantener el tendedero libre para alguien, dadas las limitaciones de las horas de sol y del espacio del patio que la gente podía usar. Cuando aparecían nubes de lluvia, alguien siempre recogía del exterior una camisa o una funda de almohada olvidada. Durante las comidas, la gente solía preguntar quién se había ocupado de su ropa desatendida y se aseguraba de darle las gracias. Las personas empezaron a actuar más allá de sus roles de anfitrión o invitado, redefiniendo quién se supone que debe cuidar de quién en distintas situaciones. A través de estos momentos, los retiros catalizaron diversas formas de convivencia encarnada entre los participantes, lo que constituyó su eficacia como práctica sanadora y de cuidado tanto para niños como para adultos.
Crear comunidad a partir de la crisis
Cuando la vida cotidiana “volvió rápidamente a la normalidad” en escuelas, lugares de trabajo y vecindarios de Fukushima, muchas familias con hijos tuvieron que afrontar la vulnerabilidad biológica de sus niños como si fuera un asunto privado. Los retiros de recuperación intentan responder a esta necesidad específica de las familias con hijos que viven con y contra la radiación en Fukushima, proporcionando un respiro temporal para sus niños. Mientras asistía a retiros de hoyō y observaba los debates pertinentes, sentí la necesidad de ofrecer relatos sobre cómo la experiencia de sanación en la naturaleza de los niños está impulsada no solo por la presunta limpieza de un lugar no irradiado, sino también por el trabajo voluntario de cuidado de borantias predominantemente mujeres.
Estas mujeres, motivadas por sus lógicas culturales del cuidado y por su sentido de responsabilidad hacia las generaciones futuras, intervienen para cubrir las lagunas dejadas por el apoyo insuficiente del Gobierno japonés tras el desastre nuclear de Fukushima. Al reivindicar su trabajo voluntario como socialmente necesario y significativo, desafían la noción patriarcal de que el trabajo de cuidados es un asunto privado y doméstico, y demuestran su importancia vital para reconfigurar la esfera pública hacia una visión más inclusiva de la recuperación posterior al desastre.
La naturaleza de este trabajo voluntario de cuidados es a la vez social y ecológica; para que el hoyō funcione, las mujeres reúnen una gama de habilidades, recursos, conocimientos y conexiones para crear un retiro cada vez, al tiempo que negocian dinámicas políticas e históricas a través de paisajes disputados dentro y fuera de Fukushima. Al hacerlo, rechazan simultáneamente los binarismos pro y antinuclear prevalentes como categorías privilegiadas para la acción política. En los retiros, este cuidado socioecológico se coordina como “experiencia de naturaleza”, que es co-creada y disfrutada por voluntarios, padres y niños en entornos naturales distintivos. El hoyō, como forma de praxis, reconoce que no todo el mundo puede simplemente reubicarse tras la revelación de la contaminación y, además, que la movilidad es más que una elección individual. El valor de la “recuperación” no reside solo en cuidar las biologías de los niños, sino también en fomentar un tipo sociable de futuro que pueda ser habitable pese a su irradiación. En este sentido, también entraña un indicio de cómo podría ser la justicia social, en teoría y en la práctica, tras la precipitación radiactiva.
Imagen tomada por la autora
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