Cultivar hortalizas, hacer hogares

Los hogares se hacen de más de una manera. Se hacen como enmarañamientos de agencias que son a la vez materiales y discursivas: una cama, algún lugar donde cocinar, quizá algunos familiares, con suerte un lugar donde uno pueda sentirse cómodo. De hecho, la expresión «estar en casa» remite a una sensación de tranquilidad o […]

Los hogares se hacen de más de una manera. Se hacen como enmarañamientos de agencias que son a la vez materiales y discursivas: una cama, algún lugar donde cocinar, quizá algunos familiares, con suerte un lugar donde uno pueda sentirse cómodo. De hecho, la expresión «estar en casa» remite a una sensación de tranquilidad o de pertenencia. Los hogares también se hacen a través del trabajo cotidiano de cuidados. Se hacen las camas, se cocinan las comidas, se lava la ropa, se pagan las facturas, todo ello con el mejor nivel que las personas pueden alcanzar. Este doble significado de hacer hogar (es decir, trabajo de cuidados y sentido de pertenencia) es un terreno útil para pensar en cómo el planeta que habitamos es hogar de comunidades enmarañadas más-que-humanas, y en las prácticas de cuidado en las que participamos para hacer hogares.

Aunque los hogares se hacen de muchas maneras, todo hacer hogar implica cuidados colectivos. Muchas de nosotras y muchos de nosotros estamos familiarizados con el uso norteamericano de «home making» para hablar del trabajo diario realizado mayoritariamente por mujeres (y por mujeres migrantes en particular, a medida que el trabajo de cuidados se mercantiliza cada vez más), para reproducir la vida. El papel de los no humanos en el cuidado, ya sean camas, monitores cardíacos o suelos, también ha sido reconocido cada vez más. En conjunto, los humanos y los parientes terrestres no humanos* hacen hogares y cuidan como parte de redes que sostienen la vida [* Karulkiyalu Country et al. (2021:216) utilizan el término para dar cuenta de todo aquello con lo que comparten Country, incluidos «rocas, plantas, cursos de agua, animales, fuego, clima, estaciones, sol, luna y estrellas». Inspirado en la noción de Val Plumwood de «otros de la Tierra», pero «parientes terrestres» subraya la conexión más que la otredad.].

Los parientes terrestres trabajan para cuidar las vidas humanas y, sin embargo, muy a menudo los humanos no cuidamos las vidas de nuestros parientes terrestres. El ámbito en el que trabajo, la agricultura, es un ejemplo esclarecedor de ello. La agricultura se presenta a menudo como una actividad humana, orientada a generar ingresos monetarios para agricultores, agroindustria, inversores y recaudación fiscal para los gobiernos; al tiempo que produce calorías baratas para los consumidores. Sin embargo, los alimentos que acaban en nuestros platos se producen mediante un trabajo colectivo que puede incluir humanos, máquinas, herramientas, hongos, bacterias, insectos, gusanos, agua y sol. Este trabajo puede entenderse como trabajo de cuidados porque contribuye a hacer habitables las vidas humanas y las de los parientes terrestres.

Al igual que hacer hogar, cultivar alimentos requiere cuidados colectivos. Para que una semilla crezca hasta convertirse en una hortaliza comercializable, es necesario preparar el suelo para que sea un lugar habitable y fértil en el que una planta pueda prosperar; hay que regar las plantas, protegerlas de patógenos y plagas, y desherbar sus bancales. Después, las hortalizas deben cosecharse y procesarse antes de distribuirse a quienes las comerán. Todas estas tareas requieren conocimientos y habilidades contextualizados, y muchos agricultores aprenden a cuidar las hortalizas mediante la práctica. A medida que los agricultores se sintonizan más con las necesidades de las hortalizas, pueden ofrecer mejores cuidados.

Como me dijo un agricultor: «…simplemente aprendes a cuidar [las hortalizas]. Eso es, en realidad, cómo se cultivan las cosas. Es como: ah, ¿qué suelo les gusta? ¿Cómo es la temperatura de su suelo? ¿Pueden soportar este tipo de suelo? ¿Qué pequeñas cosas quieren en la tierra para ayudarles a crecer mejor? ¿Al lado de qué puedes cultivarlas para que dos cosas crezcan mejor juntas y las plagas no las ataquen? Porque son plantas compañeras. Es literalmente averiguar cómo cuidarlas. Sí, como criar a un niño o algo así».

Pero ¿cuál es el vínculo entre los cuidados colectivos, la horticultura y el hacer hogares? Al principio, parece que la agricultura puede dificultar que los parientes terrestres pertenezcan o se sientan en casa. El uso generalizado de pesticidas, herbicidas, el laboreo, la deforestación y la contaminación del agua, que forman parte de cuidar las necesidades y los deseos humanos, hacen que la pertenencia sea muy difícil, si no imposible, para muchos otros seres. Es al construir y cuidar los medios de vida humanos como hacemos tan difícil la existencia de los demás.

Sin embargo, pensándolo desde otra perspectiva, también podemos ver que somos los humanos (bueno, muchos de nosotros) quienes no estamos en casa en este planeta, quienes no pertenecemos. El excepcionalismo humano, la idea de que los humanos estamos separados de todos los demás seres y cosas del planeta y somos más importantes que ellos, dificulta vivir y ganarse la vida para muchos de nuestros parientes terrestres, pero en realidad también es una barrera para el sentido de pertenencia de los humanos. Sabemos que los humanos somos de este universo, estamos hechos de la misma materia que los hongos, los árboles, las abejas y las estrellas. Pero, aun así, no pertenecemos. No estamos en casa, porque nos vemos como separados.

En mi trabajo, me interesa desvelar el trabajo, las prácticas y los saberes que ayudan a superar la brecha entre humanos y parientes terrestres; creo que el cuidado ofrece posibilidades para hacer precisamente esto. Fui testigo de los brotes de un puente entre humanos y parientes terrestres en una pequeña granja ecológica, donde los agricultores humanos se reconocían a sí mismos en los suelos y las plantas con los que cultivaban. Como lo expresó un agricultor con el que trabajé: «cuando me siento aquí y reflexiono sobre ello, entonces sí. Entonces supongo que es como… en los cultivos o en las raíces de los cultivos hay algo de nosotros, encontrándonos con un montón de organismos del suelo».

Cultivar hortalizas facilitó la ruptura de las barreras humano/pariente terrestre, lo que a su vez facilitó la pertenencia al situar de nuevo a los humanos dentro de las redes que sostienen la vida y que hacen nuestro planeta. Al cultivar y cuidar hortalizas, los agricultores humanos construyeron relaciones y se enmarañaron con las vidas de los parientes terrestres al estar en contacto con ellos y ser tocados por ellos, al aprender sobre el papel de los parientes terrestres en la co-constitución de hábitats, y al estar al aire libre y verse afectados por el clima y el tiempo.

En esta granja se estaban haciendo hogares para comunidades más-que-humanas; no era solo un lugar para que los humanos dominaran y extrajeran lo que quisieran, por lo que se hacía visible una preocupación y un cuidado por los parientes terrestres. De manera significativa, la barrera que se ha erigido entre humanos y parientes terrestres se estaba derribando poco a poco. Lo que quedaba a su paso era el reconocimiento de que cuidamos y hacemos nuestras vidas juntos como un enmarañamiento indivisible. Con suerte, lo que sigue es una creciente conciencia de la ética o la política de hacer hogar.

Hacer hogar es vital para la existencia compartida en nuestro planeta, cada vez más degradado. La horticultura ofrece un ejemplo esclarecedor de una práctica que puede, a la vez, cuidar del planeta y facilitar la pertenencia. De cara al futuro, deberíamos fomentar y celebrar prácticas que trabajen para hacer hogares compartidos más-que-humanos.

Imagen de portada de la autora. Publicada bajo licencia Creative Commons

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