El “momento de las mujeres” de México: lo que podemos aprender de los feminismos mexicanos sobre las mujeres en el poder y las prácticas feministas de cuidado

Mientras los votantes de EE. UU. consideran si seguir el ejemplo de México al elegir a su primera presidenta, conviene recordar que el cambio real necesita producirse en las calles.

El 1 de octubre, México hizo historia cuando Claudia Sheinbaum fue investida como la primera presidenta del país. Sheinbaum, del partido de izquierda Morena, actualmente en el poder, ha proclamado que es un “momento de las mujeres”. En efecto, su elección llega tras la decisión del Tribunal Supremo de México del pasado otoño de despenalizar el aborto. México, antaño considerado la tierra del machismo, ahora parece estar por delante de Estados Unidos en estas áreas clave de los derechos de las mujeres. ¿Qué está ocurriendo? ¿Y qué podemos aprender de ello?

En primer lugar, una mujer ha llegado a la presidencia en México gracias a las feministas y a sus largas trayectorias de organización feminista. A partir de la década de 1980, el cambio gradual del país desde el régimen de partido único hacia un sistema multipartidista generó debates sobre la democracia y la igualdad de género. En una modalidad de “feminismo institucional”, las mujeres crearon estratégicamente alianzas entre partidos para promover normas de cuotas de género. Con el apoyo de la adhesión de México a tratados internacionales y resoluciones que exigían a las autoridades enfatizar la igualdad de género en la gobernanza, las cuotas acabaron convirtiéndose en ley en 2002: el 30 % de las candidaturas al Congreso debían ser mujeres. Desde entonces, los porcentajes de cuota han aumentado y, en 2019, México se convirtió en un líder mundial cuando el Congreso (compuesto por un 50 % de mujeres) reformó la Constitución para imponer la paridad de género en todo. El camino hacia una presidenta ya había sido allanado.

La investigación global indica que contar con mujeres en posiciones de poder es importante: conduce a leyes y políticas que minimizan la discriminación y amplían los servicios sociales. En México, las congresistas han respaldado de manera habitual la creación de leyes para promover los derechos de las mujeres. Uno de sus logros más destacados ha sido la creación de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, aprobada en 2006. Sin embargo, pese a casi dos décadas de existencia, no ha sido suficiente para combatir eficazmente unas tasas alarmantes de violencia de género. México ocupa el 12 puesto a nivel mundial por el número de homicidios intencionales de mujeres (6,2 mujeres por cada 100.000, más del doble que en EE. UU.). Las tasas y los tipos de violencia siguen aumentando, incluida la violencia de género contra candidatas políticas. En un país donde solo se resuelve el 7 % de los casos de homicidio, las protecciones legales para las mujeres no se aplican debido a la negligencia, la incompetencia y la corrupción. Pese al mandato de que todas las muertes violentas de mujeres se investiguen como un posible feminicidio (el asesinato de una mujer por ser mujer), las autoridades solo siguen este protocolo en el 27 % de los casos.

Los temores cotidianos a sufrir violencia de género, en combinación con esta cultura de impunidad, han llevado a muchas mujeres, especialmente a las más jóvenes, a reconocer los límites de las vías institucionales para el cambio. Y las reformas recientes del sistema judicial —en las que ahora todos los jueces serán elegidos mediante voto popular— han profundizado, en lugar de aliviar, la ansiedad respecto a un sistema de justicia eficaz y funcional.

Como resultado, muchas feministas han ido más allá del feminismo institucional para explorar otras formas de promover la igualdad de género. En lo que coloquialmente se denomina “feminismo de calle”, las mujeres participan en formas creativas de protesta pública en las que expresan su ira y denuncian los fallos institucionales. Por ejemplo, en 2019, después de que presuntamente una menor fuera violada por cuatro agentes de policía en Ciudad de México y las autoridades gestionaran mal la investigación, las feministas arrojaron purpurina rosa brillante al secretario de Seguridad de la ciudad cuando intentó apaciguar sus protestas. Las imágenes se hicieron virales y nació la revolución de la purpurina. En 2020, las mujeres llevaron a cabo una huelga nacional, en la que cientos de miles de mujeres se quedaron en casa para protestar contra la violencia de género, la impunidad y la desvalorización de su trabajo reproductivo social.

Un año después, las feministas tomaron un monumento en una de las rotondas más icónicas de la capital del país. Donde antes se alzaba una estatua de Cristóbal Colón, erigieron un recorte de madera de una joven con el puño en alto, en señal de lucha feminista. Fue pintado de morado, el color que simboliza la lucha feminista en América Latina. En universidades de todo el país, las estudiantes se inspiran con frecuencia en el proyecto del tendedero de la artista mexicana Mónica Meyer para crear “tendederos de denuncia”, donde describen la violencia de género que experimentan en la escuela en una hoja de papel que cuelgan “a secar”. Dos veces al año, el 8 de marzo (Día Internacional de la Mujer) y el 25 de noviembre (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer), las mujeres llenan las calles para protestar contra la violencia de género y exigir medidas. Cada año, las marchas se hacen más grandes.

Más allá de estas formas de protesta ruidosas y visibles, existe también una amplia gama de otras formas de activismo cotidiano, centradas en construir relaciones de cuidado con otras mujeres. Las feministas han creado organizaciones sin ánimo de lucro para proporcionar apoyo legal y psicológico a las mujeres. Han organizado colectivos, cuyos objetivos son tan variados como hacer arte feminista o promover el uso de baños ecológicos. Los servicios de taxi para mujeres y los mercados feministas informales ayudan a las mujeres a mantenerse seguras y a afrontar los desafíos económicos. Las escuelas feministas enseñan a las mujeres una variedad de habilidades, desde la autodefensa hasta nociones básicas de fontanería. Todas estas actividades construyen solidaridad entre las mujeres, lo que se traduce en actos de cuidado pequeños pero importantes, como prestar dinero a alguien u ofrecer un oído atento.

Mientras muchas feministas estadounidenses esperan nuestro propio “momento de las mujeres” con la llegada de Kamala Harris al poder presidencial, haríamos bien en mirar hacia México. Aunque muchas feministas mexicanas celebran la investidura de Sheinbaum, la mayoría coincide en que tener una presidenta no será suficiente para mejorar la vida de las mujeres. Lo que seguirá haciendo de México un lugar mejor para las mujeres son las formas creativas, diversas y sostenidas de organización feminista que florecen en todo el país. Independientemente de quién gane en las urnas el 5 de noviembre, las feministas estadounidenses harían bien en mirar hacia el sur y tomar nota.

Dra. Holly Worthen
Profesora adjunta
Instituto de Investigaciones Sociológicas
Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca

Obra de Nancy Folbre
Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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