El cuidado es infraestructura climática: informe desde la COP30

La COP30 en Belém demostró que no existe justicia climática posible sin situar el cuidado en el centro de las soluciones e inversiones globales.

La COP30 marcó un punto de inflexión simbólico en el debate climático internacional. Por primera vez, el cuidado ganó visibilidad como dimensión esencial de la adaptación y de una transición justa. Este nuevo enfoque dejó claro que las respuestas a la crisis climática no dependen únicamente de tecnologías y metas de carbono, sino también de la capacidad de cuidar a las personas, los territorios y los ecosistemas.

El cuidado es la primera y última línea de defensa frente a la crisis climática. Sostiene la continuidad de las relaciones y las condiciones para la regeneración del planeta. Este trabajo es realizado principalmente por mujeres, personas negras, pueblos indígenas y comunidades tradicionales y marginadas. Incorporar el cuidado como infraestructura climática significa reconocerlo como parte de las soluciones, no meramente como una consecuencia social de las emergencias ambientales. Pero la agenda del cuidado está también directamente vinculada al trabajo decente y a una transición justa.

El trabajo de cuidado, remunerado o no remunerado, sostiene la vida, las economías y los territorios. Sin embargo, permanece invisible, infravalorado y profundamente distribuido de manera desigual. En regiones como América Latina y el Caribe, las mujeres realizan de tres a cinco veces más horas de cuidado no remunerado que los hombres. En Brasil, el 91 % de las trabajadoras domésticas son mujeres, y el 65 % de ellas son negras, lo que pone de relieve cómo las desigualdades de género, raza y clase estructuran el trabajo que sostiene la dignidad humana. Se trata, por lo tanto, de un trabajo feminizado y racializado.

El cambio climático agrava esta realidad. La intensificación de eventos extremos, los impactos en la salud, la escasez de agua y alimentos y el desplazamiento de comunidades incrementan el tiempo y el esfuerzo dedicados al cuidado, una carga que recae principalmente sobre las mujeres en territorios periféricos, rurales, ribereños e indígenas. Al mismo tiempo, estas mujeres lideran acciones comunitarias de adaptación, protección de la biodiversidad y construcción de resiliencia, a menudo sin reconocimiento ni remuneración justa.

El nuevo Plan de Acción de Género de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), actualmente en discusión, reconoce por primera vez el trabajo de cuidado como una cuestión emergente esencial para la igualdad de género y la acción climática. Este paso histórico requiere compromiso político para traducirse en financiación, formación y participación efectiva de las mujeres cuidadoras y trabajadoras en la toma de decisiones climáticas y económicas.

Durante la conferencia, Belém se convirtió en el escenario de una experiencia sin precedentes que reunió a colectivos, organizaciones y redes del Sur Global para afirmar que no existe futuro posible sin cuidado. Las actividades se descentralizaron, extendiéndose por barrios e islas de la región metropolitana. El barrio de Jurunas, en las afueras de Belém, acogió el primer pabellón en la historia de las COP dedicado al tema.

Las experiencias reunidas en estos espacios demostraron que una transición justa ya está ocurriendo, incluso antes de ser reconocida. Prácticas como huertos comunitarios, cocinas colectivas, redes de escucha y mutirões de cuidado expresan una política de los comunes que conecta arte, cultura y regeneración social. Donde hay cuidado, hay adaptación. Cada acto cotidiano de cuidado es también una semilla de resiliencia.

Para que esta perspectiva avance, es necesario confrontar las estructuras que producen tanto la crisis climática como las desigualdades del cuidado: el patriarcado, el colonialismo y el modelo económico centrado en la explotación. Una transición verdaderamente justa es aquella que sitúa la sostenibilidad de la vida en el centro de las políticas económicas y ambientales, reconociendo el papel vital de las mujeres, las comunidades y todas aquellas personas que cuidan de la vida humana y de la naturaleza.

El debate internacional sobre el cuidado está también actualizando sus fundamentos conceptuales. El conjunto de las llamadas “5 R” —Reconocer, Reducir, Redistribuir, Recompensar y Representar— necesita ampliarse para incluir Resiliencia, Recursos y Reparaciones. La resiliencia reconoce que los sistemas de cuidado deben ser sostenibles; los recursos garantizan una financiación adecuada; y las reparaciones apuntan a corregir las injusticias históricas que afectan a las trabajadoras del cuidado.

Estas ideas refuerzan la urgencia de promover inversiones en infraestructura pública de cuidado y sistemas integrados que fortalezcan la resiliencia social y ambiental. Es también esencial garantizar la participación efectiva de mujeres, cuidadoras y trabajadoras en las negociaciones climáticas y en los espacios de toma de decisiones, y asegurar que el nuevo Plan de Acción de Género incluya metas y mecanismos de seguimiento sobre cuidado, justicia social e igualdad de género.

La resiliencia no se construye únicamente con máquinas o infraestructura física, sino con redes de cuidado y apoyo mutuo. La financiación climática debe invertir en personas, no solo en hormigón. Cada dólar asignado al cuidado retorna en salud, bienestar y estabilidad social. El cuidado es una inversión y debe ser reconocido como infraestructura climática.

Reconocer el cuidado significa también reconocer la contribución del Sur Global en la configuración de nuevos paradigmas. Desde la Amazonía hasta las periferias urbanas, existen prácticas y saberes que ya sostienen el planeta. Lo que falta es que los mecanismos internacionales los financien con la misma prioridad otorgada a las tecnologías industriales.

La COP30 deja también un legado político: el cuidado debe inscribirse en la Hoja de Ruta Bakú–Belém como criterio de inversión e indicador de impacto. No existe descarbonización posible sin reconocer y valorar el trabajo que sostiene la vida, trabajo realizado principalmente por mujeres, comunidades negras, indígenas, periféricas y rurales. Cuidar es acción climática. Y el cuidado es la tecnología más antigua y más urgente de nuestro tiempo.

Este texto fue escrito por Georgia Nicolau, Mariama Williams y Carolina Robino como nota de prensa del Instituto Procomum. Fotografía: CARE Climate Justice Center.

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